miércoles, enero 31, 2007

Apreciación Estética...dedicado a J.G.

ARQUITECTURA Y CIUDAD*
Discurso de ingreso al Colegio Nacional
© Teodoro González de León


Las ciudades se deben al azar, el diseño, el tiempo y la memoria. En otras palabras: son obra de la gente, regulada por el gobierno, modificada por el tiempo y preservada por la memoria. Las buenas ciudades resultan de un equilibrio entre esos cuatro factores: en ellas, el orden del diseño propicia la libertad, y la memoria urbana de sus habitantes actúa para corregir y llegado el caso, aprovechar los efectos del tiempo. Son ciudades bellas en las que la plástica urbana adquiere la naturaleza de obra de arte. Una plástica urbana, muy específica, configurada no sólo por los espacios de calles, plazas y parques, la variedad de formas y superficies de los edificios y monumentos, sino también por todos los objetos que pueblan esos espacios: postes, alambres anuncios, vehículos. Es además una plástica dinámica, sólo apreciable en movimiento; más todavía: la forma y la facilidad del movimiento, son parte de ella. Si según el precepto de Alberti la escultura requiere ocho puntos de vista a su alrededor para ser concebida y apreciada, la plástica urbana requeriría no ocho sino una infinidad de puntos: es decir, requeriría tiempo. El recorrido por una ciudad es la más inmediata demostración de las cuatro dimensiones en que habitamos.

Se ha hablado muy poco de la plástica urbana. Es un tema que sólo se aborda cuando se estudian los grandes ordenamientos urbanos. Pero muy rara vez se la ha analizado como algo consustancial al fenómeno urbano. Entre las excepciones están los trabajos de Alberti, Camilo Site, Hiberseimer y Le Corbusier. Todos ellos, sin embargo, la tratan desde una preceptiva, como el resultado de la fidelidad a determinado pensamiento. Otros la confunden con lo pintoresco. Sólo Aldo Rossi, quien aborda el tema de otra manera, descubre que la ciudad puede describirse como una gran manufactura, como una enorme obra arquitectónica que se va realizando en el tiempo y gracias mucha gente. Esta posición supera las descripciones del funcionalismo y del organicismo, las dos corrientes derivadas de la fisiología que han recorrido la arquitectura y la urbanística modernas y para las cuales la plástica se explica sólo como un agregado de las funciones que dan origen a la forma urbana. La originalidad de Rossi radica en que, al introducir el concepto de manufactura, introduce también, en consecuencia, el concepto de estilo. No hay manufactura sin estilo. Las creaciones humanas fatalmente se expresan con un lenguaje: el de su tiempo y su lugar. Y esto a fin de cuentas constituye una plástica. Rossi nos explica cómo en las distintas épocas la ciudad es moldeada por sus habitantes (el diccionario define plástica como algo que se moldea); cómo a base de creaciones y destrucciones se va construyendo esa enorme arquitectura que es la ciudad. Y como toda arquitectura, mala, mediocre o con naturaleza de obra de arte, constituye siempre, fatalmente, el registro y la expresión de su época.

Una ciudad, para decirlo con palabras de Octavio Paz, puede convertirse en “una visión de los hombres en el mundo y de los hombres como un mundo: un orden, una arquitectura”. Estas palabras nos aclaran cuál es la lectura que podemos hacer de la ciudad y nos hacen entender la estrecha relación que hay entre los factores que la conforman: el azar, el diseño, el tiempo y la memoria. Hay ciudades como Brasilia: una gran manufactura creada de un solo golpe en la que el diseño es preponderante y anula el azar. Todo tiene su sitio de antemano. Pero anular el azar es ilusorio y este se despliega en forma incontenible afuera, en el conjunto de ciudades satélites que rodean a Brasilia y que son sorprendentemente semejantes a las áreas urbanas de crecimiento espontáneo en toda Latinoamérica. Más adelante me referiré a este punto. Existen ciudades como Londres, en las que resulta la diversidad: la estructura urbana, aparentemente caótica, está orientada a preservar una serie de enclaves urbanos totalmente distintos unos de otros. París es un ejemplo de lo contrario: desde el siglo XVII existe la voluntad formal de dar diseño homogéneo a una pluralidad de áreas urbanas diversas. Un sistema de ejes perspectivos cruzados, aunado a una secuencia de grandes espacios y monumentos, impone un orden que permite entender la ciudad. Pero en ningún momento ese orden ahoga lo espontáneo y lo plural. En una entrevista reciente, Umberto Eco decía que París es una ciudad que permite vivir en épocas diferentes a la nuestra. “Se puede, por ejemplo, seguir los recorridos sin salir jamás del medioevo; permanecer dentro de sus arquitecturas y dentro de sus sugerencias”. En París también se puede apreciar cómo se han renovado o sustituido valientemente las estructuras que el tiempo ha dañado.

El tiempo tiene dos caras: si por un lado deteriora, por el otro salva y homogeneiza: borra rivalidades. Estilos contrarios, irreconciliables en su época, como fueron el gótico y el renacentista en Florencia, los vemos ahora perfectamente hermanados y formando una arquitectura urbana homogénea. Sucede lo mismo con el máximo monumento de la revolución industrial, que sirvió para conmemorar la otra gran revolución, la torre Eiffel: era brutalmente agresiva cuando se erigió, hace exactamente cien años, y no sólo ha dejado de serlo sino que se ha convertido en el símbolo de París.
Pero no sólo el tiempo y sus desastres destruyen en las ciudades. Los responsables son sobre todo sus habitantes. Cada generación renueva las arquitecturas existentes o acaba con ellas. Y algunas destruyen más que otras. Hay épocas en las que el pasado, sobre todo el pasado inmediato, no sólo no nos dice nada sino que lo aborrecemos. La vanguardia del siglo XX aborreció y quiso destruir la ciudad ecléctica de fines del XIX. En México casi borramos las colonias San Rafael, Juárez y Roma. Baudelaire decía en 1864, en un París afiebrado, en plena destrucción y renovación hausmaniana: “El viejo París ya no existe. La forma de una ciudad cambia más rápidamente que el corazón de un mortal”. Tenía razón, en el doble sentido de destrucción y renovación: el mismo año, Nadar tomó la primera fotografía aérea, desde un globo, en la que se muestra el Arco del Triunfo rodeado de predios Baldíos. Baudelaire no vivió para comprobar con cuánta rapidez esa área se convirtió en el modelo de una urbanización densa y acabada para todo el mundo.

El balance entre destrucción y renovación tiene que ver con la memoria urbana, que descansa en parte en los habitantes de la ciudad y está constantemente cambiando con las características de la población. Una población más educada y más vieja mantiene un diálogo más vivo con el pasado, dispone de un a memoria urbana más sólida, renueva más y destruye menos las arquitecturas del pasado. Marcel Poete decía que la memoria está constituida por el pasado que aún experimentamos. Pero, además de en los habitantes, la memoria urbana radica en lo mismo que Poete denomina las “permanencias urbanas”. Se refiere a ciertas partes de la estructura urbana que son refractarias al cambio y prácticamente indelebles: como la forma del parcelamiento y la estructura vial. Son partes duras que no se alteran con desastres y destrucciones. El espléndido plan que diseñó Wren para Londres, después del “gran fuego”, no pudo llevarse a cabo porque implicaba cambiar la forma del parcelamiento dictada por la estructura vial, que quedó intacta después del incendio. Es bien sabido cómo los arqueólogos usan la fotografía aérea para descubrir, por los cambios de tonos en los sembrados, los rastros de estructuras urbanas del pasado. La persistencia de las calzadas y de las huellas que dejan los canales permitieron a Manuel Toussaint y a Justino Fernández localizar acertadamente en 1938, cerca de Tlatelolco, el llamado plano de papel de maguey que data de mediados del siglo XVI.

En la historia de la ciudad de México hubo tres momentos en los que las acciones colectivas integraron una obra de arquitectura urbana total y unitaria y diversa. El primero ocurrió en los albores del siglo XVI, cuando la ciudad era una isla, en parte natural y en parte consolidada por esa invención genial que fue la chinampa. Esta isla tenía una estructura bipolar con dos centros: Tlatelolco en el norte y Tenochtitlan en la porción central. La conectaban con tierra firme cinco calzadas (o seis, según algunos documentos), tres de las cuales llegaban al núcleo central y dos a Tlatelolco. El centro contenía el precinto sagrado amurallado que albergaba una treintena de edificios y monumentos. La reconstrucción hecha por Maquina de este conjunto, plenamente comprobada por la arqueología, nos muestra un urbanismo insólito de espacios exteriores compuestos a base de juegos de plataformas definidas por escalinatas y taludes fuertemente policromados. Esta impresionante manufactura estaba ordenada por una doble simetría que respondía a sus dos deidades y cada medio siglo era destruida y rehecha. Rodeaba a este precinto una estructura menos rigurosa de palacios, residencias y talleres, que muy probablemente se desparramaba por las calzadas y se hacía gradualmente menos densa hasta convertirse en chinampa que ocupaba toda la periferia de la isla. La chinampa, lugar de vivienda y producción, constituía un tejido azaroso y a la vez ordenado de canales y calzadas, tal como nos lo muestra el famoso plano de papel de maguey mencionado y como podemos comprobarlo en el Xochimilco actual. Se trataba de un urbanismo lacustre para un valle que contenía cuatro lagos, en el que la transportación se hacía fundamentalmente por agua. Era la repuesta adecuada al medio natural. Se había conseguido un equilibrio y los del balances provocados por las obras eran pequeños. Se sabe, por ejemplo, que el albardón aumentó la salinidad de las aguas de Descoco y redujo las de México.

Los dos núcleos de toda esa arquitectura fueron totalmente arrasados; no así la chinampa, que fue desapareciendo poco a poco. Se nos olvida que las últimas chinampas urbanas, las de San Juan de Aragón, La Magdalena Mixuca e Ixtacalco, desaparecieron en la década de los sesenta, hace sólo 25 años. El plano de transmonte de 1628 dibujaba una periferia con pequeñas construcciones dispersas. Se trata, sin duda, de las chinampas. Después los cartógrafos del XVIII y del XIX no se ocupan de esas áreas. Pero el ojo veraz de Casimiro Castro, ya influido por el naturalismo en la fotografía, nos revela en sus admirables vistas en globo de 1856 una plástica de la periferia que los planos ocultaban; una enorme y amable extensión de huejotes (el árbol de la chinampa) que ocupaba todo el oriente de la parte plana del valle que no era lago.

El segundo momento de integración de la arquitectura urbana en la ciudad de México pude darse entre el final del siglo XVIII y el comienzo del XIX, cuando la manufactura de la ciudad logró una plástica de real unidad y estilo propio. Fue la culminación de un proceso muy lento de baja presión demográfica, catástrofes y rebeliones, iniciado en los primeros años del XVII. La arquitectura de la ciudad había desarrollado, con incontables variantes, esa forma en “H” que resultaba de prolongar hasta la cornisa las jambas de piedra de los vanos y que enmarcaba las puertas y ventanas de la gran mayoría de las fachadas, fueran de uno, dos o tres pisos y pertenecieran a edificios civiles o religiosos. La ciudad cobró ese color sombrío que todavía prevalece en algunas partes del Centro Histórico, para asombro de los visitantes, y que resulta de la utilización de la piedra de sangre rojinegra: el tezontle.
La silueta de la ciudad se perfilaba con torres y cúpulas. Estas últimas habían sustituido a las cubiertas puntiagudas, protección de los techos artesonados de madera del siglo XVI, que aparecen en el plano perspectivo de transmonte y en las pinturas de varios biombos. Este es un caso típico del proceso de destrucción y renovación que trae consigo un cambio de ideal plástico. Como en Francia, en España las formas del renacimiento se mezclaron con las del gótico tardío, pero también con las de origen musulmán. Los techos artesonados que tenía la ciudad de México venían de esa mezcla gótica musulmana. Pero el nuevo espíritu formal del barroco católico, derivado del concilio de Trento, consagró el uso de la cúpula colocada en el cruce de las naves de una planta de cruz latina. La cúpula fue pues una invención o, mejor dicho, una reinvención constructiva y representación del universo. La última cubierta puntiaguda, la de la Merced, de la cual existen fotos, desapareció a fines del siglo pasado. Del mismo modo los retablos churriguerescos habían sido destruidos y sustituidos por los neoclásicos.
El orden urbano se articulaba por medio de una diversidad de plazas que dictaba con nitidez la jerarquía de vecindad, barrio y ciudad. Pero ya entonces se había roto la relación con la ecología del valle. La cultura novo hispana no entendió el difícil equilibrio que existía en la vida urbana de Tenochtitlan y los lagos. No se pudo elaborar un plan pertinente para evitar las inundaciones desviando las demasías y a la vez preservar los lagos. Se hizo algo más radical: desaguar el lago a una cota tal que pudiera acumular avenidas extraordinarias. Pero, como muchos proyectos hidráulicos, éste tuvo consecuencias fatales inesperadas cuando se desecaron los lagos.

Hay, finalmente, un tercer momento de integración urbana en los 30 años comprendidos entre 1925 y 1955. La ciudad era ya un asentamiento importante y de cierta complejidad en servicios e industria, pero su estructura seguía siendo muy clara. El núcleo del siglo XVIII, bien remodelado durante el porfirismo, estaba relativamente bien preservado; se iniciaba un desarrollo de alta densidad con plástica urbana moderna sobre tres ejes: San Juan de Letrán, Juárez-Reforma e Insurgentes; los barrios de la burguesía porfirista alta y media se mezclaban en armonía con los nuevos desarrollos art-decó y colonial californiano importados de Los Ángeles; además, la regla que dictaba mantener la misma altura y mantener el alineamiento al paño de la calle seguía vigente. La ciudad disponía de un sistema de transporte elemental pero muy eficiente, a base de autobuses y tranvías, y era realmente caminable. Eran muy pocos realmente los asentamientos irregulares, y formaban sólo pequeños lunares; los pueblos del valle no habían sido absorbidos por la urbanización y conservaban intacta su estructura de plaza-iglesia-mercado; la ciudad contaba como parte de ella alrededores bellísimos, amables y al alcance de la mano, que completaban el ciclo semanal de la vida de los capitalinos. La atmósfera era limpia y era frecuente que la visibilidad llegara a 100 y 150 Kms. Un estudio de la UNAM de 1959 explica cómo los movimientos naturales del aire del valle durante la tarde alcanzaban a limpiar la contaminación producida durante las mañanas; pero advertía también que la ecología estaba trabajando en el límite de su equilibrio. A mediados de los años 50 se rompe el equilibrio entre azar y diseño. El azar se apodera del desarrollo de la ciudad, que en 30 años se convierte en una de las más grandes de la historia, pierde su configuración y deja de tener lectura posible fuera de las pequeñas fracciones. Las medidas de ordenamiento y gobierno llegan tarde y cuando entran en operación ya son obsoletas. El centralismo político la convierte en el área de mayor atracción. Pero al mismo tiempo el país se moderniza y el espíritu de modernización transforma la plástica urbana de nuestra capital, según los mismos patrones de todas las ciudades del mundo moderno. Somos fatalmente modernos, decía Octavio Paz en una entrevista reciente. Y fatalmente, la modernidad da a la manufactura urbana una configuración muy alejada de las ordenadas ciudades del pasado. No es un accidente pasajero, es una constante de nuestra civilización; distingo tres maneras en que estos cambios se manifiestan:
La primera, en los llamados conjuntos de habitación de media y alta densidad, que forman composiciones aisladas de la trama urbana en las que la calle deja de ser el elemento ordenador y la plástica, regida totalmente por el diseño, se hace con el juego abstracto de volúmenes. Es el caso de Tlatelolco, Lomas de Plateros, Villa Olímpica, etc.
La segunda se manifiesta en las áreas de alta densidad generadas por la especulación inmobiliaria. Su plástica resulta de un extraño equilibrio entre azar y diseño, producto de la competencia: cada edificio rivaliza con los de su entorno en altura, forma y textura. Los downtowns norteamericanos son el modelo; el frente de Reforma y la altura de Polanco, su réplica.
La tercera surge a lo largo de las vías de circulación rápida y es consecuencia del automóvil; comprende toda clase de establecimientos comerciales, de servicios e industrias, sus elementos característicos son el anuncio, aislado o sobre los edificios, y el edificio concebido como anuncio, con todo género de formas, texturas y simbolismos; su plástica es resultado del azar. Robert Venturi, en un ensayo aleccionador, considera a Las Vegas como el mejor exponente de esta tendencia. En México serían algunas secciones del Periférico.
Una serie de analogías ayudaría a aclarar estas tendencias; la primera, la de la plástica de los grandes conjuntos con el suprematismo y el minimalismo pictórico y escultórico; la de los centros de negocios con el constructivismo; y la tercera, la de las vías rápidas, con los collages dadaístas y al arte pop.
Hay aun una cuarta modalidad, privativa de los países en desarrollo: la de las áreas de crecimiento espontáneo, que en México han sido incontrolables, en parte por la complicidad de determinados partidos políticos, y por la complacencia populista de las autoridades aparte de que esos asentamientos destruyen áreas imprescindibles para el equilibrio ecológico configuran ya más del área urbana. Tienen un estilo: constituyen una arquitectura que expresa la vida urbana de los pobres. De ahí que sean sorprendentemente parecidos a las de otras ciudades del país y a las de otras naciones latinoamericanas. Pero la semejanza se debe no tanto a la limitación de los materiales con los que los pobres construyen sus viviendas como a su empeño de copiar las formas de la arquitectura comercial de la clase media. Es la manera como estas personas expresan su deseo de modernidad y su rechazo a las formas de la cultura tradicional de la cual tratan de salir. Adviértase que la gran mayoría viene de poblados con una enorme riqueza arquitectónica tradicional, que en nada se manifiesta en esas áreas. Realizan una manufactura que expresa su idea de modernidad con una plástica precaria. Son productos del azar y cambian constantemente. El equivalente de esta expresión precaria serían el arte “povera” y ciertas modalidades del arte conceptual.

Desde hace 30 años las tendencias descritas, y su mezcla, configuran nuestro escenario urbano y presionan para alterar el centro histórico y lo que queda de las colonias porfiristas y art-dèco en las colonias de la Condesa y del Hipódromo. Pero no es sólo esa presión la que las pone en peligro, sino algo más grave: la población de la ciudad de México, en su abrumadora mayoría, carece de memoria urbana. La componen predominantemente jóvenes familias recién llegadas, con baja educación y nula información sobre temas urbanos. Y es la memoria urbana radicada en la población, como afirmé antes, la que actúa para defender e impedir el deterioro y la destrucción de las áreas del pasado. Son los funcionarios con memoria urbana los que establecen las estrategias para salvarlas y reciclarlas. No ha sucedido así: el deterioro del Centro Histórico no ha cesado. El área monumental más importante de América se encuentra atrapada por una serie de políticas titubeantes y contradictorias. El programa vial, por ejemplo, se cambió tres veces en el sexenio pasado. Se ha caído en la enfermedad infantil del urbanismo: pretender que basta con convertir en peatonales las calles para revitalizar las viejas áreas. Así, se han prohibido los vehículos en calles donde hay maquilas y talleres que requieren transporte; otras, sin vocación comercial, se han convertido en basureros y en estacionamientos; todas han sido invadidas por vendedores ambulantes que las ocupan en forma permanente. Fue una medida dictada cuando empezaba la crisis, en una ciudad en la que hacía 25 años no se construían mercados y con una población que tiene una larga tradición de tianguis, como puede apreciarse en las pinturas del siglo XVIII en que aparece el zócalo atiborrado de vendedores ambulantes. Esta situación está acelerando el deterioro de la sección oriente del Centro. Es urgente restablecer la circulación vehicular en esas calles y, simultáneamente, construir mercados y programar un sistema de tianguis rigurosamente móviles. En otras calles del centro, en cambio, de tradición comercial con alta densidad, se han instalado jardineras y setos, robando el espacio a banquetas de metro y medio de ancho. No sólo son un obstáculo; además, se han convertido en basureros. Se aplicó un diseño típico de área residencial del suburbio que deforma la arquitectura urbana del centro.
La operación del templo mayor fue muy desafortunada para la ciudad. Se sabía con exactitud que todos los templos estaban destruidos y lo único que se podía esperar era el rescate de piezas y fragmentos. Lo adecuado, entonces, era una arqueología subterránea, como la que se hizo recientemente en el museo del Louvre, en lugar de las excavaciones a cielo abierto que se realizaron, destruyendo lamentablemente los edificios y la traza urbana en un punto clave de la ciudad. La paradoja es que los fragmentos descubiertos se dañan a la intemperie y han tenido que protegerse con techumbres lamentables que parecen provisionales. Y hay algo más grave: el subsuelo de esa parte de la ciudad es como una esponja que se está expandiendo por falta de peso de las construcciones derribadas. La expansión esta afectando seriamente la estabilidad de los edificios circundantes: el palacio del Apartado, la Catedral, el Ex-arzobispado y Palacio Nacional.
La urbe está en cambio perpetuo. Aún en las áreas monumentales es necesario cambiar y alterar los edificios que el tiempo, el tercer factor que modela la urbe, deteriora y vuelve obsoletos. Hay que tener presente que nuestro Centro Histórico está compuesto, en su mayoría , por edificaciones de dos y tres niveles que usan el suelo con muy baja intensidad. Para incorporarlos a la vida moderna, para reciclarlos y evitar su destrucción definitiva, en muchos casos habrá que alterar su estructura. Hay que hacerlo con valentía, como se hace en varias ciudades viejas del mundo. El INAH tiene que cambiar su criterio y permitir además la construcción de edificios con diseño contemporáneo en al área central y en las llamadas zonas típicas. La plástica de la ciudad siempre ha estado conformada por la mezcla de distintos estilos y épocas, que el tiempo se encarga de volver homogéneos, armonizándolos. Nuestra generación no puede renunciar a dejar su huella, como la han dejado las generaciones que nos precedieron. En lugar de las normas infantiles de diseño vigentes bastarían tres requisitos: no sobrepasar la altura, respetar la traza y exigir calidad en el diseño.
En los últimos 30 años hemos visto cómo la política urbana ha sustituido los programas de largo alcance por acciones inconexas, rápidas y oportunistas. dos excepciones son el metro y el drenaje profundo. Del metro baste decir que aumentar su oferta hará que a la larga nuestra ciudad sea más caminable, y que esta es la única forma real de entenderla y gozarla. el drenaje profundo, en cambio, culmina un proceso de tres siglos de desecamiento del conjunto de lagos del valle. Y se hizo en sustitución del proyecto de rehabilitación, creación y manejo de un sistema de lagos propuesto en los sesenta por un equipo que en los sesenta encabezaba el Dr, Nabor Carrillo. No hemos podido integrar un plan pertinente para el manejo y abastecimiento del agua del valle. La naturaleza sube a 2600 metros un enorme caudal que entubamos y desalojamos sin usar cada año. Urge un programa de largo alcance para utilizar esa agua, restituir parte de los lagos y preservar el único que se ha salvado a medias: Xochimilco con sus chinampas.
La estatización del transporte fue una medida oportunista que lo ha puesto al borde de la quiebra y que ha pasado la mala imagen que tenían las empresas transportistas al gobierno de la capital. Y, lo más grave, ha provocado la proliferación incontenible de un sistema subterráneo paralelo, altamente ineficiente y contaminante, a base de pequeñas unidades. Todo porque se teme reconocer el error y no se decide a dar entrada, por concurso, a empresas privadas organizadas. El resultado son esas inmensas y denigrantes colas que tiene que soportar diariamente la población para esperar su transporte. Esta situación ha generado una presión desmedida en el metro, que trabaja en ciertas líneas en límites riesgosos. El transporte público de la ciudad no sólo es un servicio de primera y fundamental necesidad sino además un instrumento que da coherencia a la vida urbana, un medio para influir en la densidad y en el uso del suelo; en suma, un verdadero instrumento de política urbana.
Los expertos prometen un escenario caótico para el futuro del área metropolitana: los problemas de transporte, la carencia de servicios y la contaminación la harán invivible. Afortunadamente, la previsión es algo que en el hombre casi siempre ha fallado. Me alienta, por una parte, ver cómo esta ciudad enorme funciona; cómo sus habitantes reaccionan ante problemas y catástrofes. Pero no olvido, por otro lado, que el crecimiento demográfico va a continuar. Todos los signos así lo indican: los demógrafos de Naciones Unidas nos dicen que pasamos por la “paradoja del crecimiento” : es decir, que a pesar de que las tasas de natalidad descienden -como consecuencia de los programas de control y de la urbanización- la población sigue creciendo con tasas altas, porque en una población joven, como la nuestra, existen muchas mujeres en edad de procrear. Nos dicen también que en el siglo XXI las grandes ciudades estarán en los países en desarrollo: calculan que para 2025 habrá 19 áreas metropolitanas que tendrán entre 15 y 30 millones, de las cuales 17 estarán en el tercer mundo. Sólo una pasará de los 30 millones: La ciudad de México. Y hay otro factor que no se menciona: el centralismo político mexicano, acrecentado en los últimos 20 años, la ha convertido en la meta última de nuestra enloquecida demografía. Personalmente creo que este es el factor de mayor peso. Veo, por otra parte, lo enormemente cara e ineficiente que resulta la descentralización por decreto. La verdadera descentralización y la consecuente disminución del crecimiento del área metropolitana ocurrirán en forma natural cuando en este país se consolide el federalismo. Pero es un proceso lento, y mientras tanto, la población y el gobierno -el azar y el diseño- seguiremos moldeando esta enorme manufactura en un intento, tal vez no condenado al fracaso, de quitarle lo monstruoso.

*Publicado en la revista Vuelta #158. Enero de 1990. Páginas 7-11.
Posteriormente se publicó con el título Metamorfosis de la plástica urbana, en:
Retrato de Arquitecto con ciudad. Libros de la espiral. Artes de México. México 1996. Páginas 83-99.

martes, enero 23, 2007

Un largo camino hacia la Ilusión Transestética (parte1)























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viernes, enero 19, 2007

Tres de tercero...Exámen de nivel 2007











































Luciana, Heber y Jazbeck, pasaron el lunes y salieron adelante. Felicidades.
A partir de ahora los desvelos, las quejas y mentadas serán para los profes del nivel de proyectos, chin… y yo que antes nadamás los veía pasar y si me iba bien me los llegaba a encontrar hasta octavo, pero como la dirección nos invitó a trabajar en el sexo semestre, ni pex.
Donde manda capitán…

Dolores Díaz Méndez... Lic. en Ciencias Políticas y Administración Pública... Orgullosamente UNAM !!!









martes, enero 09, 2007

Tres tinacos...


















Esta es la causa de mi reciente desapego al adictivo Bloggeo.